Abraham Nevado premiado en Generación 2009 de la Obra Social Caja Madrid

Abraham Nevado ha batido todo un record, resultando premiado en el mismo año en que se presenta como escultor, en el prestigioso certamen Generación 2009, que organiza la fundacion Obra Social de Caja Madrid.

La obra premiada ha sido "Las cuarenta y ocho horas del día", con la que inaugura su etapa conceptual.


El autor reflexiona sobre la obra...

Son muchas las razones por las que un reloj puede dejar de ser útil. Por lo general la causa más conocida de inutilidad en los relojes es el retraso. Se dice de un reloj que marcha retrasado cuando su frecuencia de oscilación es inferior a la establecida como normal, es decir inferior a 9.192.631.770 períodos de radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio.

Menos conocido es el caso opuesto, relojes que oscilan un mayor número de veces que sus compañeros normales durante un mismo lapso temporal. Estos relojes adelantados, al igual que sus compañeros retrasados no nos sirven de nada en el día a día. Son completamente inútiles y por lo general corren la misma suerte: acaban en la basura o perdidos en el cajón donde, sin batería pero ávidos por latir, yacen como trastos inservibles.

Siempre me he preguntado por qué preferimos condenar o cambiar a los relojes que no oscilan como los demás en lugar de intentar entenderlos. Si se le dedica el tiempo suficiente, un reloj "averiado" puede resultar fascinante, es increíble cómo estos pequeños engendros pueden regalar tanta belleza a cambio de un poco de tiempo y cariño.

Por ejemplo el reloj "Las cuarenta y ocho horas del día" que oscila a dos hertzios, es decir dos veces por segundo. Este reloj regala a nuestro día 48 horas. Durante las primeras doce horas, cuando sus compañeros aún no han marcado el medio día, él ya ha conseguido dar dos vueltas enteras a la esfera sin despeinarse. Pero por si este alarde de premonición no fuera suficiente, cuando sus compañeros cansados ya llegan al refugio de la media noche, él nuevamente ha avanzado lo que ocurrirá al día siguiente por completo y está listo para comenzar con que los otros aún ni sueñan.

Creo que de justicia es llamar a este reloj Precursor. Es probable que al observarlo, dependiendo del momento, un juicio rápido y vanidoso lo conviertan en retrasado. Concretamente entre las seis de la mañana y las doce del medio día y entre las seis de la tarde y la media noche, cualquier lectura del reloj parecerá indicarnos que se encuentra claramente detrás de sus compañeros.

Son los primeros minutos del medio día y de la media noche especialmente críticos porque es en ese momento cuando el reloj precursor deja de estar solo porque durante este tiempo el observador simplemente no comprende la verdadera realidad del precursor, su verdadera esencia. Si durante este eclipse de identidad alguien lo mira verá la hora que quiere ver, la hora establecida, la misma hora que todos los relojes normales marcan. En ese momento el reloj simplemente es un reloj normal, un reloj como todos los demás.

Pero su sueño dura poco, sesenta de sus segundos, treinta de los demás y ya comenzará nuevamente a desmarcarse, a alejarse, diferenciándose frenéticamente de sus semejantes para cumplir con su destino implacable: acercarnos el futuro a nuestros ojos presentes, aún sabiendo que su meta lo condenará a la más dura de las soledades.